LA ARGENTINA NO ES, NI SERÁ, EL PAÍS DE CUCAÑA

El consenso de analistas publicado en febrero por Latinfocus prevé una contracción de la economía del 1,5% para este año. Si fuera así, el PBI caería por tercer año consecutivo. Aun en la hipótesis optimista que tienen algunos de ellos -ni crecimiento ni caída- el país habrá estado 9 años sin crecer. Entre 2012 y 2020, si comparamos los valores punta a punta, la economía caería 2% (como mínimo). Si las cosas salen bien, se proyecta que en 2021 regresaría el crecimiento: +1,7%. Estaríamos todavía 0,5% debajo del PBI de 2011.

En simultáneo, en el mismo período -2012-2020-, se acumularía más de 1500% de inflación.
Por supuesto, el consumo no podía ser ajeno a esa tendencia de largo plazo. Volviendo a trabajar con el escenario optimista para 2020 -estabilidad-, el mercado de consumo masivo concluiría el período actual siendo un 10% más chico de lo que era al finalizar 2011. Y el mercado de autos nuevos, que llegó a vender más de 950.000 unidades en 2013, y más de 900.000 en 2017, después de prepararse para llegar al millón, se encamina a caer por debajo de las 400.000.

Es tiempo de hacer un correcto diagnóstico del contexto en el que estamos y moderar las expectativas. Más allá del mito fundante que tantas veces nos confundió, la Argentina hoy "no es un país rico". Como canta Joaquín Sabina "no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió". Habrá que dominar la ansiedad y cultivar la paciencia. La Argentina no es ni será el país de Cucaña.

Este mito medieval de una tierra de la abundancia, donde no hacía falta ningún esfuerzo para acceder a todo lo que el hombre de aquel tiempo pudiera necesitar fue citado profusamente por sociólogos del calibre de Zigmunt Bauman o Byun Chul Han.

"Imagínense una tierra de ensueño por donde corren los cerdos asados con cuchillos clavados en sus lomos para que sean más fáciles de cortar y comer, por donde los gansos -hechos a la parrilla acuden volando derecho a nuestra boca, y donde los peces -ya cocinados saltan del agua a tierra firme para caer a nuestros pies. El tiempo es siempre suave, el vino brota a raudales, el sexo nunca falta y todas las personas disfrutan de la eterna juventud". Así recupera Bauman en su libro Retrotopía el sueño del campesino de la Edad Media.

De acuerdo con las múltiples descripciones de este mito tan poderoso, Cucaña "es una tierra maravillosa a la que se accede excavando una montaña de papilla". Una vez allí, los ríos son de leche y miel, de los árboles cuelgan pasteles y mesas listas para el banquete. Las casas están cubiertas de tartas y solo el ocio impera por todas partes". Pieter Bruegel tradujo el mito en un óleo que hoy se exhibe en un museo de Múnich. Lo pintó en 1567.

En opinión de Bauman, la fantasía de llegar algún día a Cucaña abrió la puerta de la modernidad y la vocación por el progreso como un medio para alcanzar ese deseo de abundancia, que se volvería siempre esquivo y renovado. Mientras más teníamos, más queríamos. "El sueño idealizado del país de Cucaña era un llamamiento a ponerse en marcha (...) La visión idealizada de ese país era una utopía hecha a medida de la escasez y de los impedimentos típicos de quienes sufrían todo tipo de carencias". El mundo medieval era un mundo de escasez. El mundo actual, uno de abundancia.

En el que fuera su libro póstumo publicado en 2017, este prestigioso sociólogo alertaba por el sentido inverso que estaba tomando la sociedad global, yendo de la utopía a la retrotopía, girando la mirada de adelante hacia atrás, buscando el futuro en el pasado.

Habiendo alcanzado la "abundancia", la actual sociedad de consumidores hipermoderna sufría ahora el peor de los costos colaterales de tamaña tarea: el miedo a perderla. Frente a ese temor, los ciudadanos de los países desarrollados en un mundo hiperindividualizado, donde han ganado libertad pagando el precio de asumir fuertes dosis de responsabilidad lo que tengan o no depende casi exclusivamente de lo que cada uno haga, añoran ahora volver a un pasado que la memoria selectiva hace lucir con más brillo del que verdaderamente tuvo. Fenómenos como el Brexit o los brotes de nacionalismo extremo son expresiones contundentes de lo que este lúcido pensador bautizó a sus 90 años como retrotopía: "Una tierra firme que se presume capaz de proveer -y a lo mejor hasta de garantizar de un mínimo aceptable de estabilidad, y por consiguiente, un grado satisfactorio de confianza en nosotros mismos".

Nostalgia y esfuerzo

Si Bauman analizara específicamente la Argentina de hoy, no debería tener la misma inquietud y seguramente nos recomendaría que si efectivamente soñamos con Cucaña, si de verdad creemos que somos un país rico, si añoramos algo que suponemos que alguna vez sí existió -la época de la vaca atada en la que se tiraba manteca al techo hagamos como hicieron muchos países que "llegaron" hasta allí, y redoblemos el esfuerzo para salir del estancamiento en el que nos encontramos.

Una vez que lo hagamos tendremos tiempo de ponernos nuevamente a mirar hacia atrás. Pero por ahora, la mirada tiene que estar, indefectiblemente, adelante.

Obviamente que hay y seguirá habiendo oportunidades en nuestro país. Nuestro PBI per cápita concluiría este año en 10.000 dólares (a dólar oficial). Seguimos siendo un típico país de ingresos medios. Por debajo de Uruguay (15.700 dólares) y de Chile (13.900), por encima de Brasil (8800), Perú (7400) y Colombia (6660). No solo es un país de ingresos medios, sino que, a pesar de todo lo que sucedió, tiene un mercado de consumo que continúa siendo atractivo: 45 millones de habitantes, 45% de la población de clase media.

Para poder detectar y aprovechar esas oportunidades hay que empezar por ser realistas. Esto es lo que hay. ¿Se pueden hacer cosas? Muchas. ¿Puede mejorar? Seguro. ¿Llevará tiempo? Bastante. Estamos en un tiempo más signado por la escasez que por la abundancia.

Una vez más, cabe recordar que la carrera en la Argentina no es Fórmula 1, es rally. Habrá pozos, saltos, caminos de tierra, arena, senderos angostos y trampas del camino. Será necesario, como siempre, tener mucha muñeca y una precisa lectura del terreno, pudiendo doblar en velocidad manteniéndose en el camino. En el rally no ganan los que necesariamente van más rápido en alguna de las etapas, sino los que saben administrar los recursos, combinando aceleración con moderación, para llegar primeros al final. Lo que no es lo mismo.Pragmatismo, precisión, esfuerzo y mucha concentración. Herramientas que necesitaremos para abordar lo que viene.

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